Lola Cheeks

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Un rótulo, un retrato

El nombre, el encuadre y el registro que se puede comprobar.

El nombre es lo primero que llama la atención, porque hace un trabajo distinto del de casi todos los nombres artísticos. Lola Cheeks es coloquial y casi cómico, dos palabras que suenan como un apodo y no como un cartel. Es además el único rótulo de la ficha: sin alias, sin segunda grafía, sin variante al lado. Esa grafía única es una pequeña comodidad en un mercado donde las intérpretes suelen trabajar con varias, y significa que una búsqueda del nombre va a un solo sitio. El nombre es toda la identidad que la página puede afirmar, y basta para encontrar el listado.

La fotografía es un plano medio en interior, encuadrado desde un poco por encima de la cabeza hasta el alto del muslo. Ella está de pie frente a la cámara con las dos manos en las caderas y una sonrisa amplia que enseña los dientes, un registro distinto del de la mirada nivelada de un desnudo de estudio. El pelo es largo y ondulado, castaño claro con reflejos caramelo y raya ligeramente descentrada. Los ojos son castaño oscuro y apuntan a la lente. Lleva un top corto de ganchillo rosa fuerte con encaje festoneado en el escote y las sisas, falda corta negra de cruce y medias de rejilla. La tinta oscura le cubre los dos brazos, y un dije cuelga de un piercing en el ombligo.

El vestuario es el argumento de esta imagen. Casi todas las fotos fijas del mercado adulto desnudan a la persona y dejan que el cuerpo sostenga el encuadre; aquí la ropa es el asunto y el cuerpo es aquello alrededor de lo cual está colocada. El rosa es chillón y deliberadamente poco glamuroso, el ganchillo tiene textura en vez de lisura, la rejilla rompe la pierna en un patrón y la falda de cruce queda alta en la cadera. Contra el fieltro azul del billar, el rosa se lee casi como un choque de colores, que es la clase de cosa que un fotógrafo hace a propósito. El resultado es un encuadre que parece una salida nocturna y no una sesión.

El lugar es una habitación hecha para el ocio: una mesa de billar con fieltro azul y marco negro, paredes blancas, puertas oscuras con marco y un suelo claro. Podría ser un bar, el cuarto trasero de un club o una casa con sala de juegos, y la foto no dice cuál. Esa ambigüedad sirve, porque mantiene el encuadre casual. Lo que la página puede afirmar es más estrecho: el rótulo, el campo, el país, el retrato y el enlace. La sonrisa es la parte que queda. En un mercado donde la cámara suele pedir calor o distancia, una intérprete que sonríe al objetivo con las manos en las caderas cambia la temperatura del cuadro.